Ilustración Realizada para la campaña gráfica en apoyo a las personas migrantes, víctimas de esta llamada “crisis de los refugiados” y de la inoperancia de los países europeos. Organizada por Associació Professional d’Il·lustradors de València – APIV (España)

“Dejando atrás”

Ilustración: Fran Salcedo

Relato: Ricardo Herranz Peris

Así es como ando, así es como vivo. Dejando atrás. Dejando atrás una tierra en la que me crié, un lugar que sentía mi hogar. Dejando atrás amigos, vecinos, familia. Todos muertos. Abandonados a su suerte en las calles de mi ciudad, tiñendo de rojo los sumideros que la tenue lluvia no logra aclarar. Pudriéndose su cuerpo y alimentando a las carroñeras.

Ya hace nueve meses que logré salir del infierno, junto a mi mujer y mi hijo. Mi apacible vida de abogado en mi bonita casa, no impidió que los fanáticos religiosos vinieran a matarnos. Todo ello, por el simple hecho de pensar diferente a ellos. Por no compartir sus ideales. Por respetar a todas las culturas y religiones. Malditas religiones. Tuve suerte de que no me hallasen en ese momento en casa, tengo suerte de que mi hijo no fuese mutilado, tengo suerte de que sólo nos dieran una advertencia. Una advertencia que tuvo que memorizar mi primogénito, mientras cinco milicianos se turnaban la entrepierna de su madre y practicaban toda clase de vejaciones con ella. Una advertencia contra la que tendré que luchar para poder borrar del rostro del bebé, del niño que mi mujer trata de calmar en su seno. Ni siquiera puedo permitirme llorar, es algo que la mano de mi hijo mayor no me permite cuando me agarra con fuerza si me ve vacilar. Ni siquiera puedo permitirme no querer al pequeño, que ahora depende también de mí. Tras esta maraña de alambradas y concertinas, que lucho día tras día por cruzar, se encuentra mi única opción. Mi única alternativa. Todo paso que dé hacia atrás, es un paso hacia la muerte. No busco lástima, ni compasión. Me da igual que la gente opine que venimos aquí porque es más fácil para nosotros. Porque queremos aprovecharnos de la vieja madre Europa. Me da igual, porque la desesperación es la que me guía, la que me fuerza a demostrar que sólo queremos una oportunidad para hacernos oír, para hacernos explicar, para seguir vivos.

Llevo más de dos mil kilómetros bajo mis pies, pero no me duelen. El dolor de mi corazón no permite que sienta nada más. En la última ciudad que dejamos atrás, encontramos una casa a las afueras donde una joven pareja miraba las noticias con tristeza. El marido se sentía indignado por la situación que, tanto yo como mis paisanos, estábamos sufriendo. No podía creerse que Europa nos rechazase, nos devolviese de camino a la muerte. Su tristeza parecía sincera. Mi esposa acababa de romper aguas, en la noche ya incipiente. La escena me dio el valor suficiente para pedir ayuda a esa joven familia, a ese hombre que se identificaba con nuestra situación. Nadie me abrió la puerta. El silencio se hizo en el interior de la casa, la televisión se apagó de repente y mis golpes en la puerta resonaban por sus paredes perdiéndose en el olvido. El bebé nació bajo un puente, en una blanda cama de lodos y hojarasca putrefacta. Parece que ambos están bien, aunque sólo el destino sabe lo que puede pasar en las próximas horas. Me he visto obligado a robar una pequeña carretilla, en una granja cercana, para trasportar a mi mujer a al bebé. Sí, creo que os habéis dado cuenta. Aún no logro hacerlo mío, aún no puedo verlo como a mi hijo. Pero lo querré. Tendré que quererlo.

Allí delante veo luz. Quizás un pueblo, quizás una nueva esperanza. Mi hijo mayor sonríe a su madre. Ella cierra los ojos, el pequeño se ha calmado. Me ajusta la mochila a los hombros, retomo la carretilla y continuamos avanzando. Seguimos buscando un lugar para nosotros, una oportunidad.
Seguimos dejando atrás. Seguimos con vida.

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